
arranca las piedras de la orilla y las arroja de nuevo a la playa
inquieto, salvaje, sonoro.
Las olas repiten su juego:
se empujan,
se alcanzan,
se engullen
y ensalzan airadas.
Se hinchan y alzan
sus crestas erguidas,
explotan y ceden en incansable danza
esparciendo el olor de pulpos y cangrejos.
Cuando pasa la tempestad y el viento amaína
queda un mar inquieto,
resplandeciente, esmeralda,
quedan los ecos de espuma y sal,
queda un aroma de fondo a mariscos y algas.


